Transcurren los días con pocas emociones en mi inventario de experiencias, en ocasiones despertaba temprano y veía a mis padres alistarse para ir a trabajar, y si no bañado, vestido y listo para deambular, del balcón a la sala, o del balcón a cualquier lugar que no hubiera visitado del espacio interior del PH, nunca me imaginé que sería como en la cuarentena total al inicio de la “current” pandemia COVID-19, 50 años más tarde, dónde se vivía en trillos, que eran recorridos innumerables veces al día “inhouse” al no poder salir a lugar alguno.
Mientras tanto todo iba como acordado, presentía que muy pronto estaría haciendo fila de bienvenida a mi primer aula de kinder. Conocer personas de mi edad, niñas y niños, sería interesante y competitivo, pensé. Ya me había resignado y voluntariamente renunciado a la hegemonía de ser el primer hijo y cederle el puesto a Gabriel en casa, hoy con fé a no equivocarme, puedo decir que no conocí, no conozco, y dudo que me la presenten; a la envidia, aunque la reconozco y huelo a distancias de reunión de “Zoom”.
En las noches me mantenía despierto, no recuerdo a nadie alrededor mío, solo mi cama cuna y yo, localizada al lado de la puerta o entrada de la habitación. En retrospectiva, ahora pienso que mi mente era muy activa para mis apenas 4 años, o todo este “brainstorming” eran una precuela de mi “ADD”.
Bañado y empijamado, demoraba en dormirme, intentar apagar el molinillo de ocurrencias a esa temprana edad, era un entretenimiento que despertaba cascadas de ideas, sin duda mi auto estimulación temprana.
En las noches que no conciliaba el sueño, una figura salía inesperadamente al borde de mi camacuna de repente, no descifraba facción alguna, me recogía en posición fetal, y observaba debajo de la manta que me arropaba de pies a cabeza, como si la manta fuera una armadura protectora, observaba la figura varias veces, y me aseguraba estar arropado de pies a cabeza, una costumbre que adopte por mucho tiempo, hasta llegar a mi adolescencia, arropado solo con la nariz afuera.
Después de varios intentos de atisbos, regresaba a esconderme debajo de mi armadura protectora de algodón, hasta que después de varios ciclos, desaparecía de la misma forma furtiva como había llegado.
Este ejercicio de saber si aún estaba al pie de mi cama cuna era estresante, y de alguna manera me ayudaba a dormir, por muchos años vivió en mi mente este personaje, que más tarde en mi vida, con algo de suspicacia pude atar los cabos sueltos que apuntaron a un solo lugar, al mejor estilo de Scooby Doo…